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La vuelta al mundo en dos días

Mikel Iraola / “Y en verdad, ¿no se daría por menos que eso la vuelta al mundo?”. De esta manera finaliza Jules Verne la novela “La vuelta al mundo en ochenta días”, en el que el escritor francés, narra las peripecias de Phileas Fogg y Jean Passpartout, que después de una apuesta, se adentran en la gran aventura de recorrer la tierra en poco más de dos meses. Y en verdad, sí. Se puede.

138 años más tarde, la historia volvía a repetirse. Pero esta vez no había apuesta. Tampoco serían ochenta días, sino dos. Ni se trataría de los señores Frogg y Passpartout. En esta ocasión, centenares de personas tomarían el rol de los protagonistas británicos en la feria Areito en el Campus de Querétaro del Tecnológico de Monterrey.

La explanada del Borrego Cósmico del complejo universitario amanecía el martes con una imagen poco común: una gran carpa blanca invadía la plaza. En él, jóvenes y no tan jóvenes preparaban orgullosamente los stands que representarían a sus respectivos países.

Nervios y más nervios. Idas y venidas. Cada cual ultimaba sus detalles: banderas, cartulinas demostrativas, fotos, folletos, y demás objetos decorativos. El olor a fritanga se dejaba notar en el recinto; las freidoras no daban abasto. Los altavoces tampoco tenían descanso. Los técnicos de sonido verificaban su puesta a punto. Todo debía estar listo ante la inminente apertura de la feria.

Finalmente, pasadas las once de la mañana, una hora más tarde de lo previsto, y después de la introducción por parte de los organizadores, la exposición abriría oficialmente sus puertas. Comenzaba así la vuelta al mundo en dos días.

Primera parada, la anfitriona, México. Como acostumbran las tierras mexicanas, el stand lucía colorido. Mantones, telas, banderines, trajes típicos, muñecas, botijos, etc. Aún así, no era la más regentada a esa hora, quizás por ser el puesto de los de casa. De vez en cuando alguna mano se asomaba a la bandeja que contenía mantecado y queso, pero nada más.

El Salvador y Cuba tampoco fueron los países con más afluencia de gente. La gran tela colorida que colgaba al fondo, donde se apreciaban varias mujeres cocinando, no parecía llamar la suficiente atención. En dicho mural, se podía leer con dificultad lo siguiente: “Pupusas de queso, arroz y chicharrón. Tamales. Café”. Comida, que unos pasos más adelante se podía degustar.

En cambio Chile y Paraguay, parecían ser más exitosas. Colgantes de cuero, piedras y metal; pulseras; pendientes. Dos chicas apreciaban cada cosa al milímetro, mientras señalaban con el dedo índice aquellas que más les gustaban. La feriante tampoco dejaba marchar la oportunidad de vender, y se dejaba notar por detrás: “todo está hecho a mano chicas”. Y cayó. Alejandra vendía así sus primeros pendientes de la mañana.

A medida de que pasaban los minutos, el olor de la comida hacía aún más irresistible el hambre. Aquella señora mayor uruguaya de piel rugosa no paraba de freír empanadas. Ya había cocinado más de dos bandejas. A más de uno se le hizo la boca agua y no pudo resistirse a la tentación. Incluso alguno aguardaba cola para repetir.

La ruta seguía. Era turno de Perú. Se caracterizaba por la variopinta mezcla de colores y atuendos típicos del país, como jerséis y gorros de lana. La música peruana también tenía su particular hueco en aquella mesa repleta de cosas: flautas de todo tipo, carracas o discos típicos entre otras cosas. El stand guatemalteco también tenía cierto parecido al peruano, pero con algo más de sencillez. Más atrás se quedaban las representaciones de Bolivia, que incluía unas pocas piezas artesanales, y Venezuela, aunque este último tenía una gran variedad de comida, tales como empanadas, tortas o ensaladas.

Después de una buena comida, fue turno para un inmejorable café colombiano. La esencia de aquellos granos de café envueltos en sus respectivos sacos invitaba a degustarlo. Remedio para evitar la modorra, fue una de las cosas con mayor éxito a esas horas.

De repente, se bajó la intensidad de la música. Un señor dominicano de baja estatura y vestido con un gorro de paja centró la atención del público. El entusiasmo a la hora de hablar dejaba latente la marcha que habían estado poniendo durante todo el día. Pero aún quedaba más. El dúo de reggaeton Dominican Flow, saltaba al escenario en aras de conquistar al público con sus versos con peinados poco comunes, gorras, gafas grandes y ropas de colores. El ambiente empezó a caldearse.

Pero lo más esperado de la tarde llegaría más tarde, con la aparición en escena de los europeos y norteamericanos con sus respectivos espectáculos. El primer turno correspondió a España. Cuatro mujeres fueron las protagonistas: dos sevillanas, vestidas con largos trajes negros y mantones rojos, y otras dos cordobesas, con sus respectivos claveles. “Madrid, Madrid, Madrid…” comenzó la canción, al baile del chotis, seguido de una rumba y una sevillana. La actuación finalizó con mantones al aire entre aplausos.

Después llegaría el turno para los países combinados. Por un momento, pareció que las Spice Girls británicas estaban actuando. Una perfecta imitación que consiguió los aplausos del público que abarrotaba los asientos de la carpa. Los estadounidenses tampoco se quedaron atrás, con imitaciones al difunto Michael Jackson entre otras cosas.

Pero sin duda, la gran ovación fue para el espectáculo ofrecido por Alemania. Al son del “Bello Danubio Azul” fueron saltando al escenario. En un instante, comenzó a levantarse una humareda, y hacen presencia tres jóvenes, en imitación al grupo Ramstein. Incluso lanzaban llamas de fuego por la boca, suficiente para impresionar a todos y cada uno de los allí acontecidos. La actuación terminó con una danza típica germana que arrancó más de una risa. Con el espectáculo se daba casi por finalizado el día.

Conclusión: Día uno y Latinoamérica visitada. Acercándose a Europa. Ya queda menos.

El miércoles amanecía igual que el martes. Pero ya no había tantas prisas. No había alboroto. Todo estaba más tranquilo. Así daba gusto degustar un buen desayuno francés con Crepes, Croissant, jugo de naranja y Ratatouille. El stand estaba rodeado de globos rojos, blancos y azules, símbolo de la bandera gala, y fotos de París.

Al lado, los alemanes preparaban ya sus porciones de comida: el Kässpätzle, un rico plato de pasta artesanal; el Kartoffelsalat con frikadelllen, una ensalada de patata con hamburguesa; y Brezeln, típico pan salado alemán. Un poco de calentamiento en el microondas, y a la tripa. Sin olvidar un pequeño trago a la cerveza alemana.

Los países conjuntos también consiguieron ponerse de acuerdo. Había banderas por las paredes, en representación a cada uno de los países que pertenecían los participantes. También había diversidad de comida. Por un lado la italiana, con distintas ensaladas de pasta. Por otro lado, la finlandesa, con pan dulce llamado Korvapuusti, y Pannukakku, una tarta. Tampoco se quedó atrás la cocina estadounidense con platos como los Sloppy Joes o los Buckeyes.

De todas manera, el stand que más público atrajo durante toda la feria fue España, que con el lema que decía “Spain is different” ofrecía todo tipo de cosas: folletos con información de distintas comunidades, comida (los típicos pintxos vascos, tortilla de patatas o sangría entre otros), o música típica. Todo ello, perfectamente cuidado con flores, fotos, banderitas, carteles coloridos que explicaban diferentes aspectos del país como la gastronomía o las fiestas, hasta un toro hecho a mano.

Mientras los países europeos no paraban de vender, en el escenario se podía gozar de nuevo del espectáculo latinoamericano con danzas típicas de distintos países como Perú, Venezuela, Ecuador o México. Las plumas, los gorros, y sobre todo los colores, hacían de los trajes un gran atractivo visual. Volvieron los Dominican Flow, con más éxito que el día anterior, y poniendo a bailar a los asistentes. Y para finalizar, como bienvenida a casa después de todo el viaje realizado, mariachis.

Esta fue la particular vuelta al mundo en dos días. Duró 78 días menos que el de Fogg y Passpartout. En su día, Fogg no ganó la apuesta. Esta vez, sí hubo ganador. Fue España. Pero todo quedó en un segundo plano. El buen ambiente fue dueño y señor durante una colorida y alegre feria, en la que el verdadero vencedor podría decirse que fue la cultura. Y es que como dijo Fogg, “viajando se encuentra la felicidad”.

Feria Areito

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