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El ‘Euskual Herri goxua’ mexicano

Mikel Iraola / “Oi ama Eskual Herri goxua…” dice la canción del mismo título del famoso cantautor vasco Benito Lertxundi haciendo referencia al vasco que deja su casa para emigrar a otro lugar. La frase llega a decir algo así como, “Ay, mi amado País Vasco”. “Es una de las canciones preferidas de mi tío” narra el tolosarra Jaime Garcés. El hermano de su madre abandonó su pueblo natal, Ibarra, alrededor de 1950 para embarcar en una nueva aventura laboral en México.

Los Echeverría, Goieneche, Inchausti o Zavala; los Urquijo, Irigoyen, Arreche o Elizalde; los Oyeregui, Ybarra, Juanmartiñena o Beracoechea. Ellos también emigraron a tierras mexicanas. En cuanto a significado todos estos apellidos no se alejan de los originales Etxeberria, Goienetxe, Intxausti o Zabala; los Urkijo, Irigoien, Arretxe, o Elizalde; los Oieregi, Ibarra, Juanmartiñena o Berakoetxea. Un vasco podría identificarlos bien fácilmente como ‘compadres euskaldunes’, pasando por alto, un océano, el Atlántico, que separa a unos y otros.

Durante siglos, México ha sido por excelencia uno de los países latinoamericanos con más población en la diáspora vasca. Los inicios se remontan al siglo XVIII, cuando varias familias dejan atrás el País Vasco poniendo rumbo a Latinoamérica, conquistada por Esapaña, y que por aquel entonces era conocida como Nueva España.

Por aquellos inicios, la emigración era selectiva, privilegiada. Para obtener luz verde a la hora de ingreso en México, era necesario pasar por unos controles gubernamentales en los que se verificaba el cumplimiento de ciertas normas: el permiso del rey para embarcar, el estar libre de cargas familiares y procesos inquisitivos, el cumplimiento del servicio militar o la no disposición de antecedentes judíos, moros o negros.

La historia cambió en el siglo XIX, con la llegada de la independencia. Desapareció el filtro de selección, y comenzó la emigración masiva. Una fuerte crisis económica azotó Euskadi, que tuvo que soportar una gran tasa de desempleo y dos hambrunas en 1847 y en 1856, causando la salida de muchas familias en busca de mejores condiciones de vida. Los campesinos encontraban dificultades tras la industrialización. Por otro lado, las derrotas en las guerras carlistas (en 1841 en Navarra, y en 1873 en Euskadi) condujeron a la abolición de los fueros, por lo que muchos se vieron forzados a abandonar sus raíces. Esto llevó a que México registrara un 18% de población de raíz vasca.

Jesús Ruiz de Gordejuela y Urquijo, en su recién presentado libro “Vivir y Morir en México” reúne varias historias de quienes lo dejaron todo para iniciar una nueva etapa en tierras mexicanas: cartas de confesiones, peticiones, llantos y alegrías; jóvenes que intentaban escapar de su soledad; obreros que se sacrificaban durante horas y horas para enviar dinero a sus familias; y otros muchos que perdían la comunicación.

La mayoría de los emprendedores, marchaba a la temprana edad de los 12 o 14 años, siendo el hijo mayor de la familia. En palabras de sus progenitores, nunca debían olvidar su origen. “Vete a América y ante todo sé bueno y honrado” dijeron sus padres a Alejandro Arriola antes de emprender el largo viaje, ya que muchas familias vendían sus propiedades para pagar los gastos del billete.

Todo comenzaba en Cádiz, donde decenas de miles de españoles desembarcaban por las montañas desde sus lugares de origen para poner rumbo a Veracruz. Los vascos también partían desde Burdeos, donde se registraron 23 agencias que ofrecían el pasaje a la ciudad costera mexicana. Desde allí emprenderían el último tramo hasta llegar hasta su ciudad de destino, donde terminarían haciendo labores en los caseríos de algún familiar o amigo ya acomodado (en el caso del 89% de los emigrantes).

La dureza era la mayor característica del viaje. Las pésimas condiciones de los barcos, el hambre, la gran afluencia de gente, el clima, el miedo a los piratas y a los robos, las guerras… convertían el trayecto de días, incluso meses, en un calvario.

La dureza también alcanzaba el trabajo. Era una ardua labor. Tomás de Udaeta avisaba a todos aquellos que pedían la solicitud: “No vengas a esta en la inteligencia de que aquí se hace el hombre rico sin trabajar y sin estar adornado de todas aquellas cualidades que constituyen la probidad y honradez de un buen ciudadano”.

Uno de los jóvenes que tuvo que soportar esta dureza fue José Manuel Berecoechea Indavere. Natural de Baztán (Navarra), abandonó su casa a los 14 años, para terminar trabajando en el municipio mexicano de Tepic, concretamente en la Casa Aguirre, encargada de distribuir sacos de maíz, frijol y demás alimentos. “Me quedaba llorando entre los sacos por la soledad que sentía” admitía.

Ésta última historia es sabida por el gran trabajo de investigación llevado a cabo un siglo después, por su familiar Javier Berecochea García, que llamado por la curiosidad de saber el origen de su familia, decide publicar un blog con las conclusiones de su indagación.

Javier también pertenece al grupo de correo de vascos residentes en México. Este grupo de correo “Vascos México A.C.” fue creado en el año 2003 con el fin de que todos estuviesen a la corriente de las actividades que se organizaban en la Euskal Etxea (Casa Vasca) de México, ya que sin comunicación alguna la asistencia a estos eventos era difícil. Debido a la gran acogida de la gente, se decidió seguir adelante con la iniciativa, creando una página web de la asociación.

En 2005, se intenta implantar en Querétaro otro Centro Vasco, pero la idea muere en el intento debido a la poca respuesta de la gente. “Nadie se moja, nadie quiere esa responsabilidad, pero aunque no salió adelante, sí mantuvimos el grupo de correo” explica la responsable del colectivo Jaione Arrieta. Jaione se muestra “satisfecha del trabajo realizado”, ya que los inscritos en el grupo de e-mails ronda las 500 personas. “La página también tiene mucho movimiento, con noticias, investigaciones, fotos, vídeos…” añade, a la espera de que poco a poco vaya creciendo el número de participantes.

La vida un siglo después

Atrás han quedado los años en los que los vascos eran parte importante de la economía y población de México. Según datos del Instituto Nacional de Estadística de España, en el 2010, en número de españoles residentes en tierras mexicanas ascendía a los 77.000, de los cuales 8.500 tienen raíces vascas.

Iker Huacuja Goya, se siente más mexicano que vasco. Es natural de Celaya, aunque entre semana, por razones de estudio, reside en Querétaro. De madre donostiarra, Iker no esconde su afecto hacia Euskadi: “siempre será mi segunda casa, significa mucho para mí”.

La madre de Iker decidió hace 24 años iniciar el mismo viaje que emprendieron los jóvenes vascos a lo largo de los siglos XVIII y XIX, pero con distintas condiciones. Casada y con 3 hijos, todos ellos de nombres vascos, admite que es feliz en el País Vasco, aunque ya está acostumbrada al día a día en México. “Todavía me emociono al escuchar hablar a alguien en euskera, y le pregunto de dónde viene”. Iker también lo hace, después de que su madre le enseñara el vasco.

Iker se quedaría con México, sin duda alguna. Aunque la cocina vasca “sin picante” es irresistible y le gusta la cultura,, se queda con el colorido, con la viveza y con la amabilidad de la gente mexicana: “Nos parecemos mucho en el trato de la gente, aunque en México es aún más cercano, eso me gusta” comenta. Pero reitera: “en Euskadi me siento como en casa”.

Mikel Pérez en cambio, en México se siente como en casa. Natural de Galdakao (Vizcaya) a sus 27 años reconoce que en México está viviendo una de sus mejores experiencias que le ha podido brindar la vida. Admite que ha podido experimentar “cosas distintas a las que viviría si me hubiese quedado en mi pueblo”.

Cayó en Querétaro por circunstancias de la vida. “Iba ir a Bélgica de intercambio, pero se torcieron las cosas a última hora, y me dieron la posibilidad de venir a Querétaro, a lo que accedí con total apoyo de mis padres”. Estudiante de ingeniería mecánica, Iker fue pionero vasco en estudiar en México, a donde hoy han llegado 10 vascos. Dice, no arrepentirse nunca de la decisión que tomó en su día. Tanto, que al rato de finalizar su intercambio decidió volver.

Hoy en día, aparte de ser arreglista de carreteras, regenta una cafetería en pleno centro de la ciudad, en 5 de Mayo, llamada Natif. Su amigo ‘Lalo’ lo describe: “Tiene mucho de natif, sí, porque en el habla ya es totalmente chilango, a veces no le entiende ni su propio padre cuando le habla en castellano”. Pero a Mikel no se le olvida el euskera. Narra cómo una semana antes, estando en la cafetería coincidió con unas chicas, que al escuchar el grupo vasco Berri Txarrak se asombraron. Según Mikel, “es lo bonito, que cuando te encuentras con un vasco, que te pones a charlar, tomas unas  chelas, cenas, etc.”.

Al igual que no se le ha olvidado el euskera, tampoco se le han olvidado otras cosas como el ‘poteo’ entre amigos, el buen vino, el jamón serrano –del que ya casi se le termina la reserva- o las fiestas de Bilbao. Aún así, se ha hecho a lo mexicano, con picante, claro: “soy fan de los chilaquiles de amarillo, las emboladas con huevo estrellado, las gorditas o del queso oaxaqueño”. “Al final te haces a lo que tienes alrededor” añade.

Mikel no sabría con cuál de los dos países escoger. El País Vasco me gusta por su tradición, sentimiento y propia cultura, pero México tiene una chispa, una vida, una calidez distinta a todos los demás lugares. Eso sí, se molesta con el estereotipo que hay sobre México: “mis amigos creen que México es el señor bigotudo, con el sombrero de charro, el poncho y la botella de tequila sentado debajo de un nopal”. Dice que “México es más que todo eso, tiene algo que engancha, algo que atrae… algo que te enamora de él”.

Será verdad o mentira, México siempre ha tenido algo que ha enganchado durante siglos a miles de vascos: desde los Echeverría, Goieneche, Inchausti o Zavala; los Urquijo, Irigoyen, Arreche o Elizalde; los Oyeregui, Ybarra, Juanmartiñena o Beracoechea; a los Arrieta, Goya o Pérez. Incluso a los que están por llegar. Porque México, siempre será la segunda Eskual Herri goxua del que hablaba Benito Lertxundi.

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